LA GENTE SE IBA ANDANDO: Cómo Rufino Domínguez transformó nuestra manera de pensar acerca de la migración

LA GENTE SE IBA ANDANDO: Cómo Rufino Domínguez transformó nuestra manera de pensar acerca de la migración

Por David Bacon
Traducción por Rosalí Jurado y Alan Llanos Velázquez
Edición: Nancy Utley García y Luis Escala Rabadán

Resulta irónico que llegado el momento de sepultar a Rufino Domínguez, su propia comunidad de San Miguel Cuevas le haya negado un espacio en el panteón. Posteriormente, los líderes comunales del pueblo accedieron, pero para entonces su cuerpo ya iba de Fresno, California hacia Paxtlahuaca, lugar que sería su último destino y ciudad natal de su esposa Oralia.

Podemos imaginar lo importante que hubiera resultado esto para Rufino, en virtud de su compromiso con la región mixteca de Oaxaca y la cultura indígena del lugar donde nació, elementos que guiaron el trabajo que desarrolló durante toda su vida. Sin embargo, Rufino desde hace tiempo había decidido atender las preocupaciones más amplias de los migrantes del sur de México, tales como las condiciones necesarias requeridas por su pueblo para conservar su estatus como buen ciudadano. Esa decisión le permitió reformar el pensamiento político de toda una generación de activistas migrantes en México y en Estados Unidos. Pero, a su vez, tuvo un costo muy alto.

Al igual que muchos pueblos indígenas oaxaqueños, San Miguel Cuevas mantiene su estructura social, política y económica a través del sistema de cargos o responsabilidades comunitarias. La obligación del “tequio” permite que la comunidad solicite trabajo a sus miembros. Esta regla resulta estricta en una época en la que muchos de sus residentes han migrado a miles de kilómetros de distancia, ya que si alguno de ellos es elegido, deberá regresar a su lugar de origen para cumplir con esta responsabilidad.

Rufino mismo reconoció el valor de esta tradición en una entrevista concedida para el libro Communities Without Borders (Comunidades sin fronteras): “Usamos el tequio, el concepto de trabajo colectivo para apoyar a nuestra comunidad. Nos conocemos y podemos trabajar juntos. Por ejemplo, cuando una comunidad se reúne para construir una escuela, el Gobierno no envía trabajadores a recoger piedras o arena para la construcción. La gente de la comunidad lo hace, cargando por turnos cinco rocas o una bolsa de arena. Todo el pueblo está obligado a ayudar, y si la gente no lo hace, la consecuencia puede ser desde una multa hasta la cárcel”.

“A donde sea que vayamos, vamos unidos. De tal manera que cuando hablo, no lo hago sólo por mí, sino por todos. A nuestra gente en Oaxaca no le importa si hemos estado aquí por 10 años. Nos envían avisos diciéndonos ‘Rufino, tienes que regresar para servir a la comunidad como secretario, para ser concejal o presidente’. La ley mexicana no reconoce que nosotros, aun viviendo aquí [en EE. UU.] tenemos derechos y obligaciones políticas en nuestras comunidades de origen, pero sí las tenemos.”

La pasión con la que Rufino defendía el tequio con la finalidad de demostrar al resto del mundo el valor de la cultura indígena oaxaqueña fue un sello característico de su trayectoria de toda la vida. Sin embargo, esta no fue su principal contribución a la política de migración.

El sentido de responsabilidad de Rufino Domínguez iba más allá del sistema de cargos de San Miguel Cuevas. Había heredado las ideas políticas de la izquierda mexicana y las combinó con las tradiciones y la cultura indígena que se desarrolló en Oaxaca mucho antes de la llegada de los europeos. Analizó las raíces de la actual migración forzosa masiva. Reconfiguró la forma de ver a las comunidades de migrantes al resaltar su importancia en la economía y política de los lugares de origen como Oaxaca, así como de los lugares de destino en el norte de México y en Estados Unidos. Y para ello, promovió la formación de organizaciones que reflejaran esta realidad social, y que funcionaran como vías para que las comunidades de migrantes alcanzaran la autoconciencia y la voluntad de luchar por el poder.

1968, la Guerra Sucia y la CIOAC

La generación de Rufino fue la siguiente a la de los veteranos de 1968, cuya formación política provenía de la experiencia de la represión por parte del ejército mexicano contra un movimiento estudiantil cada vez más radical, y que culminó en el peor crimen político de la historia del México contemporáneo. Cuando los estudiantes se reunieron al anochecer en la Plaza Tlatelolco de la Ciudad de México, unos días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968, los soldados abrieron fuego. Cientos murieron. Cientos más fueron enviados a prisión.

En 1972, cuatro años después de la masacre de Tlatelolco, los estudiantes y los grupos políticos de izquierda trataron de poner fin a la pesadilla marchando por el Centro Histórico de la capital. De nueva cuenta, los activistas se retiraron de las calles cubiertos de sangre ante el ataque de los Halcones, un grupo paramilitar del Gobierno. Para mantener el control durante las décadas de 1960 y 1970, el Gobierno y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) organizaron una ola de represión: la llamada Guerra Sucia. Los activistas de los movimientos sociales desaparecieron y fueron asesinados, muchos de los cuales aún se desconocen sus nombres o nunca fueron reconocidos.

Aunque la gran oleada migratoria desde Oaxaca hacia Estados Unidos aún estaba a una década de la Guerra Sucia, en los estados del centro de México como Michoacán, Zacatecas y Jalisco, los campesinos habían comenzado una emigración masiva, desplazados por la pobreza. Los refugiados políticos de la Guerra Sucia se unieron a los migrantes en el camino hacia el norte. Pronto, los asentamientos de migrantes mexicanos en Los Ángeles, en el área de la Bahía y en otros lugares de la costa oeste, dieron impulso ideológico y energético al creciente movimiento chicano.

Rufino Domínguez nació el 4 de septiembre de 1965, tenía sólo 3 años cuando los soldados reprimieron a los estudiantes en la Ciudad de México y aún era un niño durante los años de la Guerra Sucia. En diversos aspectos, San Miguel Cuevas todavía era un pueblo en los márgenes de la sociedad mexicana. En la década de 1960 la electricidad todavía no había llegado a sus hogares. Décadas después las calles se pavimentarían, la iglesia se arreglaría y se realizarían otras mejoras, todas pagadas con remesas enviadas a casa por sanmigueleños que trabajaban en el norte. Pero durante los primeros años de Rufino, las velas seguían siendo la única luz en la noche.

“Antes de que yo naciera, mi madre y mi padre se iban a trabajar a Veracruz, a la caña de azúcar”, recordó. “La gente no tenía autos, así que se iban andando, como solían decir. No sé qué tan lejos estaba, pero mi papá contaba los días necesarios para llegar allí. Después, cuando nací, lograron una mejor estabilidad en el pueblo y ya no se iban. Aunque San Miguel Cuevas tenía una escuela primaria, continuar en la escuela secundaria significaba trasladarse a Santiago Juxtlahuaca, que era el pueblo más cercano. Rufino fue seleccionado por los hermanos maristas, una orden religiosa que dirigía un internado basado en las ideas de la teología de la liberación y la opción preferencial por los pobres. “Ellos eran como los jesuitas”, explicó Rufino. “Me mostraron muchas cosas sobre la vida, sobre nuestras comunidades. Ahí es donde comenzó mi conciencia social. Tenían una vida hermosa, pero no se podían casar ni podían organizar, y eso era algo que ya me apasionaba. Para ese entonces, yo ya había aprendido que, si hay un problema, es importante organizar a la gente para resolverlo. Los hermanos hablaban sobre la necesidad de luchar por la Justicia, pero sólo hablaban y no lo hacían”.

Maestros en lucha

A finales de 1970, México presentaba múltiples desafíos políticos para el PRI, especialmente en los estados rurales del sur: Chiapas, Guerrero y Oaxaca. A veces los miembros radicales de la iglesia y los activistas de izquierda se encontraban del mismo lado. En su libro “Movimientos populares en autocracias: religión, represión y acción colectiva en México”, Guillermo Trejo señala que: “A diferencia de las luchas de los años 60 y 70, en las que las comunidades indígenas rurales independientes solicitaron tierras sin asistencia institucional de actores externos, a fines de la década de 1970 la Iglesia Católica y el Partido Comunista Mexicano se convirtieron en grandes promotores y avales de movimientos indígenas rurales [que condujeron a] importantes movimientos colectivos para la redistribución de la tierra”.

Aunque la Guerra Sucia había llevado a la clandestinidad a la mayoría de las actividades políticas urbanas, la pobreza y el hambre en las comunidades rurales continuaron provocando rebeliones, a menudo dirigidas por organizadores de izquierda. De 1965 a 1975, Ramón Danzós Palomino organizó invasiones de tierras y campañas para implementar la reforma agraria a través de la Central Campesina Independiente. Posteriormente, en 1975, se separó para fundar la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC). Ambas organizaciones estaban estrechamente vinculadas al PCM, del cual también era un líder.

La CIOAC tuvo carácter indígena desde sus inicios. En Chiapas fue organizada por Margarito Ruiz Hernández, un campesino tojolab’al del Ejido Plan de Ayala. Antonio Hernández Cruz, activista de la CIOAC en Chiapas, señala en el libro de Trejo que “la construcción de la autonomía tojolab’al se remonta a diferentes formas encontradas en la década de 1970, ya sean sindicatos de ejidos o la CIOAC”.

La organización rural de la izquierda incluía el reclutamiento de docentes. Históricamente, ya desde la Revolución Mexicana de 1910-1920, los maestros rurales a menudo eran también líderes comunitarios. Generalmente se opusieron al clericalismo de la iglesia y defendieron la reforma agraria. En 1934, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, la Constitución Mexicana fue modificada para establecer que: “La educación del Estado será de carácter socialista”. Muchos comunistas y activistas radicales trabajaron para la Secretaría de Educación Pública.

Posteriormente, durante la Guerra Fría y posteriormente la Guerra Sucia, los líderes de derecha del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), el sindicato más grande de América Latina, purgaron el sindicato de educadores de izquierda. Sin embargo, cuando Luis Echeverría, -que fue el funcionario que había dado la orden de disparar en Tlatelolco- se convirtió en presidente, buscó suavizar la dura imagen del Gobierno (y la de él mismo). Se eliminó la política oficial de México que desalentaba el aprendizaje en lengua indígena en las escuelas, y una nueva ola de maestros bilingües comenzó a trabajar en las áreas rurales.

Trejo comenta que la organización rural estaba ligada al “reclutamiento de maestros indígenas bilingües capacitados por el Estado, junto con líderes locales cuidadosamente seleccionados y formados enviándolos a la Ciudad de México y al exterior, incluyendo lugares como Cuba, Nicaragua y la ex Unión Soviética.” Muchos de estos maestros disidentes, incluidos los comunistas, organizaron una sección de izquierda dentro del sindicato, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). En la década de 1980 ya habían ganado el control de los sindicatos estatales en Chiapas, Oaxaca, Guerrero y Michoacán. En esta sangrienta lucha, más de 100 maestros fueron asesinados tan sólo en Oaxaca.

Finalmente, el presidente Echeverría eliminó el estatus ilegal del PCM y de otros partidos de izquierda. En el año 1976, cuatro de ellos se unieron en una coalición para apoyar al líder del sindicato ferrocarrilero Valentín Campa a la presidencia.

El nacimiento de Rufino como activista en Oaxaca y Baja California

En 1980, en medio de la efervescencia política, Rufino Domínguez entró a la preparatoria en Tlaxiaco, que orientaba a los estudiantes hacia las Normales de Oaxaca, que son las escuelas para la formación de maestros. De acuerdo con Gaspar Rivera-Salgado, un profesor de origen mixteco de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), quien trabajó con él por muchos años, “Rufino encontró un ambiente tradicional de izquierda en esta prepa, dirigida por las Normales. Él estuvo allí sólo por seis meses porque la escuela se puso en huelga y los estudiantes la cerraron. Él solía bromear diciendo que si no fuera por eso, él habría sido maestro. Aun así, fue elegido presidente de la asociación de estudiantes”.

Laura Velasco, investigadora de El Colegio de la Frontera Norte en Tijuana, entrevistó a Rufino muchas veces para sus libros sobre la diáspora oaxaqueña. “Rufino me decía que él era un militante en el PCM cuando tenía 16 años. Es allí donde él adquirió su visión de clase en la que los indígenas y migrantes son explotados económicamente”. Rufino obtuvo una parte de esa formación ideológica a través de Ernestino Sixto Chávez, un maestro radical que era dueño de una pequeña tienda reparadora de radios y televisiones en Juxtlahuaca.

En la década de 1980, el PCM ganó sus primeras victorias electorales – las presidencias municipales de los pequeños pueblos de Alcozauca de Guerrero, en el estado de Guerrrero, y Tlacolulita y Magdalena Ocotlán, en el estado de Oaxaca. Al año siguiente, la Coalición Obrera, Campesina y Estudiantil del Istmo (COCEI) ganó el control del gobierno municipal de Juchitán de Zaragoza, una de las ciudades más importantes de Oaxaca. Para entonces, el PCM se había unido con otras organizaciones de izquierda para formar un nuevo partido, el Partido Socialista Unificado de México (PSUM). En el nuevo concejo municipal de Juchitán, el PSUM llegó a ocupar dos puestos.

La victoria de la COCEI tuvo un profundo efecto en la izquierda en México. El nuevo gobierno promovió programas de alfabetización para un pueblo en el que el 80 por ciento de las personas no podía leer, combatió la corrupción en la policía, reparó los caminos y el mercado municipal, y construyó nuevas clínicas. Rivera-Salgado comentó al respecto: “En esos años la COCEI era muy fuerte en Oaxaca”. Y añadió: “Ahí Rufino empezó a tratar de adaptar las ideas tradicionalmente radicales de la izquierda mexicana, incluyendo las ideas de Marx, a las necesidades de la gente indígena”.

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